Mi primer dictor

Published by pototo peregil under on 12:28
Esta mañana he encontrado a mi primer dictor de verdad. Con ello no quiero despreciar el trabajo que me han dado mis dos primero jefes. No quiero que se ofendan, sobre todo Marta que tan bien se portó conmigo y mi inexperiencia (gracias de nuevo Marta). Pero creo que, tanto ella como el párroco, no eran el prototipo de dictores de un amanuense profesional. Me explico.

Marta me dictó un cuento de Navidad, que podría ser un trabajo para amanuense, pero ella no era la protagonista, el actor principal de su historia. No es que tenga algo en contra de ese tipos de historias (las contadas por alguien externo a la acción principal), de hecho me gustan ese tipo de historias cuando aparecen en las novelas. E incluso para gente como Marta y yo, que no tenemos historias emocionantes o que interesen (somos más que sencillos), casi es un recurso obligatorio. Pero es cierto que no es así como intuyo que es el trabajo de un amanuense (y digo intuyo pues al ser éste un oficio olvidado en el pasado nadie puede formarme en él correctamente).

En cuanto al párroco, es obvio que lo suyo no era trabajo para un amanuense. No era un dictado profesional, en cuanto al contenido al menos. Entiendo que se puede acudir a un amanuense para una carta personal, incluso para una confesión (de un crimen o de un amor), pero para que copie las dudas que sólo puede solventar un amigo, ¿de verdad es necesario? Yo creo que no, pero bueno si me pagan tendré que aceptar todo tipo de trabajo.

A lo que iba: esta mañana he encontrado a mi primer dictor de verdad (al menos desde mi humilde punto de vista). Me lo he encontrado por casualidad, pues aunque es cierto que me he acercado donde estaba por si podía sacar una instantánea para hoy, no esperaba ni por un momento que fuera él el que me dictara.

Como todos los días desde que empecé con este nuevo oficio he salido a la calle, cuaderno en mano, a la búsqueda (ya casi creo que es más bien una paciente espera) de un nuevo dictor (o dictora no vayan a creer que discrimino). Y cuando he visto una obra rodeada de ancianos observadores (me imagino que saben a que me refiero) me he acercado con la ilusión de que alguno de ellos me dictara algo. Sé que quizás he pecado un poco de dejarme llevar por mi antiguo oficio (siempre me ha parecido una foto estupenda la senectud observando paciente e innecesariamente la construcción de un nuevo edificio), pero se conoce que mi nuevo oficio no me ha dejado.

Al acercarme a la obra para copiar las palabras de algún anciano observador, he tropezado con un obrero que estaba arrodillado arreglando la vaya de seguridad. Tras un agradable encuentro, a pesar del tropiezo, se ha ofrecido a ser mi dictor. Hemos quedado en su hora para comer en unos de los bancos que hay en la plaza de la iglesia. A los dos nos quedaba bien pues su obra esta justo a la espalda de la iglesia, a escasos treinta metros detrás del ábside.

Esta vez he sido yo el que he tenido que esperarle. Y tras una conversación sobre un montón de cosas y sus dudas sobre que dictarme, esto es lo que me ha dicho:

“Llevo muchos años en la construcción, casi toda mi vida de una u otra manera, pero tengo que reconocer que éste es uno de los mejores destinos que he tenido. Aunque como todos también tiene su lado negativo. No es precisamente el frío (no es lo mismo trabajar dentro de un edificio aunque no esté terminado que en la calle) sino más bien algunas de las vayas que me toca montar.

Como habrás visto me dedico, única y exclusivamente, a cerrar con vayas de protección las obras que realiza mi empresa. Buen trabajo, pero a veces no es muy grato, al menos por lo que dice la gente que está mirando las obras. Casi todos suelen ser hombres mayores que sólo buscan pasar un rato, pero a alguno siempre le da por meter un poco de cizaña.

No se quejan de que pongamos vayas de seguridad, pero cuando ponemos una de esas que son opacas, de las que no dejan ver que se hace dentro, a algunos les da por refunfuñar. Entiendo que estos hombres se entretienen más en una obra si ven como se está levantando el edificio. Incluso que les pica la curiosidad de ver si todo se hace como dios manda (hay más de uno que sabe bastante de construcción, antiguo obreros, capataces y algún que otro arquitecto e ingeniero), pero de verdad, ¿tanto les impide disfrutar de un rato en compañía el no poder ver como se hace el edificio?

La mayoría se divierten simplemente hablando mientras les acompaña el ruido de fondo de la maquina escavadora, el pitido de la grúa o las voces de algún operario. Hay algunos que ni siquiera echan una ojeada, sólo van a tomar el sol, hablan o discuten con algún amigo. En fin esas cosas que uno hace cuando ya no trabaja. Pero hay alguno que… Por ejemplo como el otro día.

Uno de los más habituales, y de los que más rumia, andaba picando un poco a los compañeros. Que si esto, que si aquello. Yo sin querer no podía evitar oírle y cuando dijo algo así como:
— Es que con esa vaya, no nos dejan ver el espectáculo.
Yo muy tranquilamente le puse una sonrisa y le dije:
— Perdone pero a veces las normativas nos obligan a…
— A usted no le decía nada. Y lo de las normativas las cumplen ustedes para lo que quieren.
La verdad es que esa segunda vez tuve que contar hasta tres para decirle algo. A veces lo hago para contestar y otra para callar, pero casi siempre lo decido antes de empezar la cuenta atrás. El otro día no lo hice por eso me sorprendió cuando le dije:
— Disculpe si le estropeamos las vistas mientras charla con sus amigos. Pero si lo que quiere es ver la obra, yo llamo al jefe y baja usted a echar una mano.

Se ofendió un poco, pero creo que ese al menos no rosmará* delante de otro compañero, y dudo mucho que lo haga en un tiempo con sus amigos. Aunque ahora que lo pienso a lo mejor me pasé un poco. No todo se puede hacer bien en esta vida, ¿no?”.

*Rosmar: Galego, similar a rumiar, refunfuñar, quejarse con la boca entrecerrada. (Yo aprendí el significado con este ejemplo: lo que hacen las madres cuando no acaban de decirlo todo y siguen quejándose de lo tarde que llegas, de lo mal que comes, etc. Y que me disculpen las madres del mundo)

Seguro que vuelvo a pedirle a Ramiro (así se llama el obrero) que me dicte algo más. Espero que acepte. Aunque no os lo parezca es una persona muy… ¿cómo decirlo? Culta quizás. Aunque no me guste esa palabra. Antes de que me dictara hablamos de muchas cosas, hasta de haikus (al parecer el compone alguno). Aunque sigo un poco arrepentido de no haber copiado las palabras de algún anciano. Eso sí me alegro de no haberlo hecho con el quejica.