Mi primer dictor

Published by pototo peregil under on 12:28
Esta mañana he encontrado a mi primer dictor de verdad. Con ello no quiero despreciar el trabajo que me han dado mis dos primero jefes. No quiero que se ofendan, sobre todo Marta que tan bien se portó conmigo y mi inexperiencia (gracias de nuevo Marta). Pero creo que, tanto ella como el párroco, no eran el prototipo de dictores de un amanuense profesional. Me explico.

Marta me dictó un cuento de Navidad, que podría ser un trabajo para amanuense, pero ella no era la protagonista, el actor principal de su historia. No es que tenga algo en contra de ese tipos de historias (las contadas por alguien externo a la acción principal), de hecho me gustan ese tipo de historias cuando aparecen en las novelas. E incluso para gente como Marta y yo, que no tenemos historias emocionantes o que interesen (somos más que sencillos), casi es un recurso obligatorio. Pero es cierto que no es así como intuyo que es el trabajo de un amanuense (y digo intuyo pues al ser éste un oficio olvidado en el pasado nadie puede formarme en él correctamente).

En cuanto al párroco, es obvio que lo suyo no era trabajo para un amanuense. No era un dictado profesional, en cuanto al contenido al menos. Entiendo que se puede acudir a un amanuense para una carta personal, incluso para una confesión (de un crimen o de un amor), pero para que copie las dudas que sólo puede solventar un amigo, ¿de verdad es necesario? Yo creo que no, pero bueno si me pagan tendré que aceptar todo tipo de trabajo.

A lo que iba: esta mañana he encontrado a mi primer dictor de verdad (al menos desde mi humilde punto de vista). Me lo he encontrado por casualidad, pues aunque es cierto que me he acercado donde estaba por si podía sacar una instantánea para hoy, no esperaba ni por un momento que fuera él el que me dictara.

Como todos los días desde que empecé con este nuevo oficio he salido a la calle, cuaderno en mano, a la búsqueda (ya casi creo que es más bien una paciente espera) de un nuevo dictor (o dictora no vayan a creer que discrimino). Y cuando he visto una obra rodeada de ancianos observadores (me imagino que saben a que me refiero) me he acercado con la ilusión de que alguno de ellos me dictara algo. Sé que quizás he pecado un poco de dejarme llevar por mi antiguo oficio (siempre me ha parecido una foto estupenda la senectud observando paciente e innecesariamente la construcción de un nuevo edificio), pero se conoce que mi nuevo oficio no me ha dejado.

Al acercarme a la obra para copiar las palabras de algún anciano observador, he tropezado con un obrero que estaba arrodillado arreglando la vaya de seguridad. Tras un agradable encuentro, a pesar del tropiezo, se ha ofrecido a ser mi dictor. Hemos quedado en su hora para comer en unos de los bancos que hay en la plaza de la iglesia. A los dos nos quedaba bien pues su obra esta justo a la espalda de la iglesia, a escasos treinta metros detrás del ábside.

Esta vez he sido yo el que he tenido que esperarle. Y tras una conversación sobre un montón de cosas y sus dudas sobre que dictarme, esto es lo que me ha dicho:

“Llevo muchos años en la construcción, casi toda mi vida de una u otra manera, pero tengo que reconocer que éste es uno de los mejores destinos que he tenido. Aunque como todos también tiene su lado negativo. No es precisamente el frío (no es lo mismo trabajar dentro de un edificio aunque no esté terminado que en la calle) sino más bien algunas de las vayas que me toca montar.

Como habrás visto me dedico, única y exclusivamente, a cerrar con vayas de protección las obras que realiza mi empresa. Buen trabajo, pero a veces no es muy grato, al menos por lo que dice la gente que está mirando las obras. Casi todos suelen ser hombres mayores que sólo buscan pasar un rato, pero a alguno siempre le da por meter un poco de cizaña.

No se quejan de que pongamos vayas de seguridad, pero cuando ponemos una de esas que son opacas, de las que no dejan ver que se hace dentro, a algunos les da por refunfuñar. Entiendo que estos hombres se entretienen más en una obra si ven como se está levantando el edificio. Incluso que les pica la curiosidad de ver si todo se hace como dios manda (hay más de uno que sabe bastante de construcción, antiguo obreros, capataces y algún que otro arquitecto e ingeniero), pero de verdad, ¿tanto les impide disfrutar de un rato en compañía el no poder ver como se hace el edificio?

La mayoría se divierten simplemente hablando mientras les acompaña el ruido de fondo de la maquina escavadora, el pitido de la grúa o las voces de algún operario. Hay algunos que ni siquiera echan una ojeada, sólo van a tomar el sol, hablan o discuten con algún amigo. En fin esas cosas que uno hace cuando ya no trabaja. Pero hay alguno que… Por ejemplo como el otro día.

Uno de los más habituales, y de los que más rumia, andaba picando un poco a los compañeros. Que si esto, que si aquello. Yo sin querer no podía evitar oírle y cuando dijo algo así como:
— Es que con esa vaya, no nos dejan ver el espectáculo.
Yo muy tranquilamente le puse una sonrisa y le dije:
— Perdone pero a veces las normativas nos obligan a…
— A usted no le decía nada. Y lo de las normativas las cumplen ustedes para lo que quieren.
La verdad es que esa segunda vez tuve que contar hasta tres para decirle algo. A veces lo hago para contestar y otra para callar, pero casi siempre lo decido antes de empezar la cuenta atrás. El otro día no lo hice por eso me sorprendió cuando le dije:
— Disculpe si le estropeamos las vistas mientras charla con sus amigos. Pero si lo que quiere es ver la obra, yo llamo al jefe y baja usted a echar una mano.

Se ofendió un poco, pero creo que ese al menos no rosmará* delante de otro compañero, y dudo mucho que lo haga en un tiempo con sus amigos. Aunque ahora que lo pienso a lo mejor me pasé un poco. No todo se puede hacer bien en esta vida, ¿no?”.

*Rosmar: Galego, similar a rumiar, refunfuñar, quejarse con la boca entrecerrada. (Yo aprendí el significado con este ejemplo: lo que hacen las madres cuando no acaban de decirlo todo y siguen quejándose de lo tarde que llegas, de lo mal que comes, etc. Y que me disculpen las madres del mundo)

Seguro que vuelvo a pedirle a Ramiro (así se llama el obrero) que me dicte algo más. Espero que acepte. Aunque no os lo parezca es una persona muy… ¿cómo decirlo? Culta quizás. Aunque no me guste esa palabra. Antes de que me dictara hablamos de muchas cosas, hasta de haikus (al parecer el compone alguno). Aunque sigo un poco arrepentido de no haber copiado las palabras de algún anciano. Eso sí me alegro de no haberlo hecho con el quejica.

Falsa alarma

Published by pototo peregil under on 12:45
Hoy casi me he sentido un verdadero amanuense, como los de la Edad Media. Y no es por que haya hecho mi segunda instantánea con mallas y volantes (no sé por que me imagino así a los amanuenses de la edad media, reminiscencia de las películas americanas imagino) sino por que he hecho mi primer trabajo para la Iglesia. No os vayáis a creer que he copiado un manuscrito antiguo (más quisiera pero aun no soy tan profesional), o me han encargado escribir alguna bula episcopal, papal o lo que sea. Me he sentido como un amanuense por que mi dictor (que no dictador) ha sido un hombre de dios: un cura.

Cómo ya sabéis vivo en una plaza con iglesia. Una parroquia pequeña de ladrillo visto y que no debe tener mucho más de cien años. La torre tiene cuatro campanas pequeñas (yo prefiero una, o dos, pero grandes como la de mi pueblo) bastante molestas, pues su replicar es un poco… como decirlo… un poco afeminado. Y perdonar por el sexismo de mi comentario. No es que me desagraden las cosas dulces, ni las mujeres, pero cuando se trata de campanas, o de gritos, prefiero algo más rudo, más violento por decirlo de alguna manera. Campanazos rotundos, como el sonido del clamor de un hombre. Me parece más eficaz o sino atreveros a insensibilizaros ante el rugido de un león.

A lo que iba el cura de esta iglesia es nuevo (no es que lo sepa porque yo sea parroquiano, sino por que a veces es inevitable no escuchar chismorreos de los vecinos) y, al parecer, no ha caído de pie como se suele decir. Alberto, que es como se llama el cura, se conoce que me vio el otro día copiando las palabras de mi amiga Marta (gracias de nuevo Marta por tu dictado) y hoy me ha parado cuando pasaba por delante de la iglesia. Es uno de esos curas, no se si hay más, a los que les gusta recibir a sus parroquianos en la puerta de la Iglesia con un saludo. Estaba a punto de oficiar y no se ha entretenido mucho para decirme que quería.
— Buenas disculpa, puedo hablar contigo un minuto.

Tras una semana buscando mi primer dictor y más de tres días a la espera de una segunda alma caritativa, me ha extrañado que este hombre pronunciara esas palabras. Eran exactamente las mismas con las que intento parar a la gente, con las que espero que me hagan algo de caso. He hecho caso omiso a las ideas que siempre me asaltan cuando me para un hombre de dios (ya sea católico, testigo de Jehová, musulmán, mormón, hare, un vagabundo iluminado o lo que sea). Me producen cierto temor su ferviente convencimiento e iniciar una charla con ellos, pues suelen ser el comienzo de una infinita (e inútil en el mejor sentido de la palabra) conversación. Sé que esto me pasa por que yo, a mi manera, también soy un acalorado creyente. Ya sabéis dos no discuten si…

— Si, por su puesto padre. ¿Dígame?
Aunque no soy católico, sigo conservando las normas que aprendí cuando era pequeño y si lo era.
— Muy rápido, pues tengo que irme a oficiar. Ayer te vi escribiendo, cogiendo al dictado, las palabras de Marta (se conoce que Marta si es católica y practicante). ¿Por qué lo hacías?
No se ha andado por las ramas el cura. Realmente si tenía prisa. Le expliqué muy brevemente el por qué:
— Soy amanuense, padre. O al menos lo intento para ver si algún día me convierto en uno profesional.
— Interesante, justo lo que necesitaba. — por un momento pensé que era una broma, aunque también que por fin podría copiar algún texto antiguo. En el fondo creo que es que más me llama la atención de este oficio. La ilusión se acabó en cuanto el cura volvió a hablar
— Llevo unos días con muchas ideas en la cabeza y no soy capaz de concretarlas. Me da un poco de vergüenza acudir a la confesión con un compañero, pues ni siquiera creo que sea un pecado todo lo que pienso. Y escribirlo no me funciona como otras veces. Me bloqueo. ¿Puedes ayudarme y pasarte después de misa por la sacristía?

De verdad que el cura no se andaba con rodeos. En un par de frases me había invitado a su cuarto privado. Siempre he creído que lo más privado de una iglesia, al menos para el cura, es la sacristía. En ella, aunque haga el papel de Padre, nunca oficia que es, por decirlo de alguna manera, la cara que da a su público.
— Por supuesto padre, soy un amanuense y creo que lo que me pide es parte de mi oficio. Pero prefiero que sea en mi parroquia. No entro a las iglesias. Me lo prohíbe mi religión.
El cura se rió con mi chiste. Pero se ha cortado enseguida.
— ¿Cuál es tu parroquia?
Le he señalado el bar que hay enfrente de su iglesia, justo a mi espalda.
— De acuerdo, nos vemos ahí después de misa.
Después de eso, sin decir nada más, ha desaparecido por la puerta de la iglesia. Me ha ofendido un poco, pero he pensado que el hombre realmente tenía prisa.

Cuando he entrado por la puerta el párroco ya estaba sentado en la mesa.
— Buenas Padre, si que es usted puntual. Yo por desgracia no es una virtud de la que pueda presumir.
— Es algo que se aprende con la práctica.
Me he reído con la gracia. No mucho, pues aun recordaba que él tampoco se había reído demasiado con mi chiste en la puerta de la iglesia.

— Usted dirá Padre qué quiere dictarme.
— No te andas por las ramas. Eso casi es una especie de puntualidad.
Con la segunda broma si he podido reírme de verdad.
— Se puede ver así. Quién sabe, a lo mejor este oficio también me sirve para mejorar como persona.
— Quién sabe, Hijo. Quién sabe.
Esta es una de las causas por las que evito hablar con hombres de dios. Te aplican apelativos que nadie te dice, ni tus padres, desde hace tiempo. Sé que les pasa por que los usan de forma común, pero creo que no es una buena forma de comenzar una conversación.

— Bueno pues entonces dígame.
— Como quieras, pero antes pediré unas cervezas.
Me ha confundido que dijera “como quieras”. ¿No se supone que ha sido él, el que me ha pedido que hiciera de amanuense? O era una forma de hablar, o el cura jugaba a otra cosa. Aunque cuando han llegado las cervezas y ha empezado a hablar me he olvidado de todo.

Copio:

“Me imagino que no sabrás que soy nuevo en la parroquia pues sé que no eres uno de mis parroquianos.

(Sé que esto un amanuense profesional no lo haría [lo de abrir paréntesis y corchetes dentro de una trascripción] pero es para deciros que en ese momento casi me levanto. Sé que hubiera sido muy poco profesional pero es que su primera frase me ha confirmado que no jugaba limpio. Es decir que no solo quería hacerme un dictado. Sino a cuento de qué lo de sacar a relucir mi no asistencia a su templo. Buen en fin que sigo con la trascripción).

Pero bueno tampoco es importante que no lo seas. Casi mejor.

(también es cierto que esto me ha hecho cambiar de opinión)

Como te he dicho llevo poco tiempo en esta parroquia. Tres meses para ser exactos, más o menos. Cuando llegué me extrañó mucho los parroquianos de mi nuevo Templo. No sé como decirlo. Todos tenían algo común y no me refiero al alma. No sé, era algo diferente, un gesto, una especie de rictus en la cara. No, no era eso exactamente, era más bien como las semejanzas que tienen los rostros de los viejos matrimonios. Oí una vez que a fuerza de estar juntos, las parejas acaban pareciéndose, por eso de imitar los gestos y muecas de tu amado.

Yo pensaba que iba a poder acostumbrarme a los parroquianos, a ese gesto común en todos, pero ya no estoy tan seguro. Incluso no sé si lo quiero, pues ahora es algo que me asusta, por decirlo de alguna manera. Esto me pasa desde que descubrí el origen, el mínimo común denominador del rostro de mis feligreses (os informo que el cura también es profesor de matemáticas y casi las ama más que a dios, esto me lo confesó tras tres cervezas). Aquella cosa en común procedía del anterior cura, del que oficiaba antes que yo.

Le conocí hace una semana. Vino a ver su antigua iglesia y a sus antiguos parroquianos. Eso no es costumbre pero algunos curas, si han cogido afecto a su feligresía, se pasan de vez en cuando a visitarlos. A mi no es que me moleste, uno ante todo es hombre y no puede evitar guardar afecto a sus antiguos feligreses, aunque es cierto que Dios dijo de amar a todos por igual. En fin que el antiguo párroco se presentó allí sin avisar justo al acabar la misa. Aun así, compartí con él el saludo que doy a la salida de la iglesia.

Fue entonces cuando me di cuenta que era lo que tenía en común todos los parroquianos. Allí estaba, delante mis ojos, sin ningún tipo de lugar a dudas. El denominador común era él: el viejo párroco. O más bien, para ser más exactos, un alo de su rostro.

Se conoce que con el paso de los años, y el amor que le profesan, los feligreses han acabando adquiriendo cierto gesto en sus rostros que se asemeja al del cura. Al principio me pareció muy tierno. Incluso me invadió algo de envidia de la que ya me he confesado. Pero al rato, después de mirarle muy fijamente, me preocupó. El hombre, que Dios me perdone, era muy feo, realmente feo. Y eso me preocupó. ¿Y si yo, con el paso de los años, acabo también con el mismo gesto? Es decir si se lo ha trasmitido a ellos, ¿qué le impide llegar el gesto a mí, por medio de los feligreses? Yo amó a mis feligreses casi con la misma devoción que amo a Dios, y esto podría hacer que mi rostro mutara, por decirlo de alguna manera, hacia el de cura anterior.

En fin como ves no se puede decir que sea un pecado. Al menos uno por el que acudir a confesión. Lo hubiera escrito yo mismo para buscarle solución, reírme de ello un poco o lo que sea, pero no sé por que razón cada vez que lo intentaba me bloqueaba. Debe ser el miedo a la página en blanco que dicen que tienen los escritores. Bueno… con ello no quiero decir que yo lo sea. Aunque lo intento. Pero bueno eso es otra historia.”

Podría seguir transcribiendo. De hecho he copiado mucho más, aunque no se entiende demasiado (creo que ha sido culpa de las cervezas), pero como ha dicho el cura: “eso es otra historia”. Yo creo que lo único que quería hacer el cura era hablar un poco (y mal) del anterior párroco y, como no podía hacerlo por razones obvias con ninguno de los feligreses, ha decidido hacerlo conmigo. Incluso hemos estado un rato después del dictado hablando.

En el fondo compadezco al pobre cura. No por que el suyo sea un grave problema, sino por que el pobre no se había dado cuenta de que su preocupación tenía una segunda visión: también puede ser él el que mute el rostro de todos los feligreses y no ellos el suyo. Así seguro que evita la maldición del rostro del cura anterior. Sino le queda aun otra solución: estar atento para que esa mutación sea la mínima y lo mejor posible (hay personas fea, o con gestos desagradables, a las que, aplicando la misma teoría de la doble visión, se le puede sacar un lado bueno). Aunque yo creo que toda la culpa la tiene el exceso de información. Es decir ¿a cuento de qué, el pobre cura se pone a ver documentales sobre rostros iguales y todas esas cosas, si luego no le van a crear más que una estúpida preocupación?

Historias en "La tienda sueca"

Published by pototo peregil under on 14:51

Es difícil el oficio de amanuense. Especialmente por dos motivos: Hoy ya no se estila y la gente no sabe que lo soy. El primero no creo que se pueda solventar. El segundo espero salvarlo por medio de ustedes. Me explico.


Si ustedes corren la voz de que hay una persona por el mundo dispuesto a transcribir aquello que quieran decir, a lo mejor un día alguien se anima a hacerlo en cuanto yo le pregunte. Pues les aseguro que no todos a los que paras, y les pides que te haga un dictado, están dispuestos a hacerlo. Y si no, ¿Por qué creen que he tardado tanto en colgar mi primera instantánea? Seguro que algunos de los que han entrado en este blog han pensado que era por pura pereza (ya saben eso de se cree el ladrón que todos son…), pero no. Simplemente es muy difícil que te hagan caso si no te conocen.


Llevo una semana con mi nuevo cuaderno de amanuense parando a diestro y siniestro a personas para que me dicten algo. Y no ha habido manera. Pero hace un momento me he encontrado con una.


Es una amiga, más bien una conocida, que trabaja en la zona infantil del Ikea (a partir de ahora la llamaré para no hacer publicidad gratuita la tienda sueca, la sueca para abreviar).


Me la he encontrado al cruzar la plaza con iglesia donde está mi portal, y que en estos días está atestada de puestos de artesanía y gente. Me he dado de bruces con ella al salir de la panadería. Iba con el cuaderno en la mano y el pan debajo del brazo.


– ¿Y eso? – me ha dicho señalando el cuaderno – Yo pensaba que lo tuyo era la fotografía.

– Buenas Marta. Un cuaderno, estoy cambiando de oficio.

Le he explicado brevemente mi propósito de convertirme en amanuense profesional y se ha ofrecido a ser mi primera dictora (que no dictadora).


Copio sus palabras:

“No te vas a creer lo que me ha pasado esta mañana, pero es verdad. Sabes que trabajo en la zona de niños de la sueca (puesto que todavía no soy amanuense profesional no sé si está bien cambiar alguna palabra de lo que dicen mis dictores pero lo hago por no hacer publicidad gratuita), en la guardería de los consumistas como me gusta decir a mí. ¿Sabes que hay padres que nos dejan allí a los niños toda la mañana, mientras ellos se van de compras por todo el complejo comercial?


En fin a lo que iba. Esta mañana ha llegado una mujer gorda (perdonar la insensibilidad de mi amiga) todo estresada preguntándome si teníamos a su nieta. Parecía una loca mendiga de esas de las películas americanas, pero un poco más arreglada y con el carro lleno de cosas de la tienda sueca. Nos hemos enfrascado en una conversación de besugos que no llevaba a ningún sitio. Gracias a un hombre que venia con ella, pero que al parecer no la conocía de nada, me he enterado de que, supuestamente, la mujer había traído a su nieta al complejo comercial pero no se acordaba donde la había dejado. He perdido otros diez minutos para hacerle ver que sin las tarjetas que damos cuando nos dan a un niño, no hay manera de saber si lo han dejado allí o no. Ya, ya. Ya sé que está muy mal hecho el sistema de entrega de niños pero es el que hay.


Por fin la mujer se ha acordado de la ficha. Es una especie de llavero redondo y grande, pero sin llave. La señora lo ha sacado extasiada diciendo que ella pensaba que era del carrefour. El hombre que venia con ella, y no tenía nada que ver, me lo ha acercado pues yo estaba al otro lado del mostrador por el que nos pasan a los niños”.


(Hago un paréntesis para explicaros como es el sitio. Es como un stand de atención al cliente pero con una salón de juegos para niños. A estos se les pasa por encima de un mostrador, se les pone una etiqueta y te entregan una ficha. Sigo con el dictado de mi amiga).


“Me he ido a buscar a la niña y, en cuanto la mujer nos ha visto desde el otro lado del mostrador, se ha puesto a gritar mi nombre y a intentar saltarlo. Yo casi salgo corriendo pero la niña se me ha escapado y me daba miedo que la cogiera aquella señora.


Luego resulta que la niña se llama Marta, como yo, por eso gritaba mi nombre la mujer. Eso me lo ha contado la señora después. Y también como se ha olvidado de su nieta.


Se conoce que la señora estaba muy preocupada con un montón de cosas. Había dejado a la niña a primera hora en la tienda sueca para que no se aburriera durante las compras en el supermercado. Y a partir de ahí le había pasado de todo a la pobre mujer.


En cuanto ha dejado a la niña ha decidido romper la hucha de imprevistos, no mucho al parecer, y preparar unas fiestas de navidad como dios manda. Al parecer la mujer es viuda y vive con su hija soltera y su nieta. Ya sabes de esas mujeres trabajadoras, con una mísera pensión de viudedad, una hija que apenas cobra setecientos euros y una nieta que se come casi todo el dinero que entra. Aun así no quería pasar los reyes sin regalos.


Después de dejar a la niña ha ido a casa a coger los ahorrillos y al salir de casa casi la roban el bolso: el primer susto. Se conoce que con el agobio al comprobar el contenido del bolso se le cayó el monedero en el coche y al ir a pagar en el carrefour no lo encontraba. La señora ha pensado que se lo habían robado en el carrefour, pues cuando ha comprobado el bolso depues del primer robo, ahí estaba. Esta vez dice que ya no ha podido aguantar el llanto y acordarse de lo tristes que son estos dias para ella. Al parecer para estas fechas murió su esposo y su única hermana. Agobiada con todo, y esos pensamientos, se ha ido hasta el coche y ha llorado de alegría cuando ha encontrado el monedero debajo del asiento. En fin que, con ese par de sustos encima, la mujer se ha concetrado únicamente en lo que tenía que hacer. Así no me extraña que se olvidara de la niña.


Dice que cuando ha olido la planta que había comprado, un regalo de Reyes para la niña, se ha acordado de que la había perdido pero no sabía donde. Y así con el carro de la sueca lleno se ha ido a buscarla por todos los sitios donde había estado, incluso hasta su casa. El carro lo ha dejado donde estaba aparcado el coche y, milagros de estas fechas, cuando ha vuelto desconsolada de su casa sin la nieta, ahí estaba. Nadie se lo había llevado. Se ha alegrado, pero poco pues no se acordaba donde podía estar la niña. Esas cosas que nos pasa cuando estamos tan preocupados, que se nos olvida cualquier cosa. No me extraña, yo cuando la vi estaba en un estado de shock que ni te imaginas.


A todo esto mientras la mujer estaba alterada contándonoslo todo, la niña, de apenas cinco años, ha cogido la planta, ha tirado del vestido a la abuela y le ha dicho:

“¿Este es mi regalo de reyes?”

Se conoce que la niña ha oído decir a la abuela lo de los regalos durante la historia y a ésta no se le ha ocurrido decir otra cosa que sí.


La niña se ha quedado tan confundida con el regalo de reyes en la mano el día de los santos inocentes que no sabía que decir. Aunque seguro que le ha dado tiempo a pensar, pues cuando nos hemos querido dar cuenta estaba llorando desconsoladamente.


La abuela la ha abrazado tan fuerte que he pensado que entre el llanto y los abrazos la iba a asfixiar. No paraba de decirle que la perdonara, que ella no se había olvidado a posta de ella, en fin millones de cosas para que la nieta no llorara. El cuadro era realmente espantoso.


Pero de repente la niña ha sacado la cabeza de entre los pechos y los brazos de la mujer gorda y ha gritado.

– ¡Así que Jacinto, – se conoce que Jacinto es su hermano mayor– lleva razón! Los Reyes Magos no existen.


Todos nos hemos quedado sorprendidos, hasta el hombre que iba con la mujer gorda y no tenía nada que ver, no sólo por el grito, sino por que la niña ha dejado inmediatamente de llorar. Lo que a mí me ha llamado más la atención es que en ese instante la señora parece como si hubiera despertado. Ya no lloraba, ni estaba alterada. Ni nada por el estilo. Ha soltado un poco a la niña. Le ha limpiado la cara como sólo lo hacen las abuelas y le ha dicho:

– Ya sabes que Jacinto a veces es un poco bicho – la niña asentía. – Y a veces dice las cosas para hacer daño.

– Ya pero Jacinto nunca miente. – Le ha dicho la pobre niña.


Yo no sabía como iba a salir de esta la señora. O ponía de mentiroso al hermano o desilusionaba a la niña. Pero ha tenido aplomo para no mentir.

– No y lleva razón: los reyes magos, a veces, los sustituimos los padres y abuelos. Pero tú sabes que Santa Claus si es de verdad. Le vistes el otro día, ¿no?


La niña solo asentía y sonreía. Se había olvidado de todo. Pero cuando la mujer, ahora más tranquila, se ha entretenido un poco más de la cuenta dándonos las gracias, la niña le ha vuelto a coger del vestido y le ha dicho:

– Yaya, yo me lo he pasado muy bien aquí.

– Y yo niña. Y yo.


Daba gusto verlas a las dos de la mano salir por la entrada del Ikea.”


La verdad es que para ser mi primer dictado he tenido suerte (gracias Marta) casi podría ser un cuento de Navidad. Salvo por lo de la sueca. ¿De verdad creéis que en una tienda de esas se puede encontrar una historia de Navidad? Y esa mujer obesa, ¿a qué se refiere con eso de una Navidad como dios manda? Y esa manera de olvidar las cosas, ¿no será un sintoma de alzheimer o demancia senil? En fin que espero tener la fortuna de encontrármela un día a ver que me cuenta.

Una prueba de enfoque

Published by pototo peregil under on 14:31
Hace unos quince meses, algo más para ser exactos, se me cayó el objetivo de mi cámara en un gran charco (algunos que lo vieron se han atrevido a llamarlo océano). Nada extraño por lo demás. Lo curioso es que, desde entonces, cada vez que hago una foto, a mi cámara le da por llorar. Todo un problema pues no os podéis imaginar la de clinex que puede gastar una cámara cuando llora. Así que desde hace tiempo barajaba la posibilidad de cambiar de oficio y pasarme al de escritor. Por supuesto, como no soy tan pretencioso ni me creo capaz para ello (soy muy vago), he decidido probar a ser un simple amanuense (com. Escribiente, persona que se dedica profesionalmente a escribir a mano, al dictado o copiando. Se usa especialmente para referirse a los copistas de la Edad Media. Dicc. RAE).

Este post se supone que es mi primer dictado: una prueba de enfoque. Aunque ahora que no tengo cámara, incluso ya no sé si alguna vez la tuve o simplemente fue un sueño, ¿será conveniente usar la misma terminología de mi oficio anterior? ¿Es bueno que siga agarrado a ciertas manías de fotógrafo? (de esto si estoy seguro: fui fotógrafo aunque no sé si con cámara).

En fin que espero que esta nueva etapa en mi vida, esta vida de amanuense, sea un pelín más fructífera que la anterior. Lo que todavía no sé, es: ¿quién me dictará estas instantáneas? ¿a quien copiaré? Espero que sean dictados de gente sencilla. De esos que te encuentras todas las mañanas en la misma esquina, del dependiente, del sintecho del barrio, del mocoso molesto de la vecina, del niño que juega en el parque, del abuelo que tiene buena memoria aunque nadie se acuerde de él. En definitiva intentaré hablar de ti y, espero sinceramente, que un poco, si me dejan los dictores (que no dictadores), de mí.